Fragmentación y autoritarismo

Carlos Castro Jo

El autor es Sociólogo

Las grandes divisiones entre los grupos políticos de Nicaragua no son nuevas. Nicaragua nació fragmentada por las profundas divisiones sociales y geográficas. El autoritarismo ha sido una de las respuestas a esa fragmentación.

En otras palabras, estas divisiones basadas en la desigualdad entre categorías sociales no han contribuido a la creación de la democracia.

Una de estas divisiones es la geográfica, el regionalismo que se manifestó inmediatamente después de la independencia cuando se dio la confrontación entre Granada y León. Los leoneses no confiaban en los granadinos ni éstos en aquéllos y se enfrascaron en guerras fratricidas por el control del país. Incluso, la caída de la república conservadora, uno de los periodos más estables en nuestra historia, aunque no exento de conflictos, es producto en parte de que los conservadores de Granada no confiaban en el presidente Roberto Sacasa, cuyo gobierno supuestamente favorecía y fortalecía a los leoneses.

En una nación democrática no importaría de dónde son los gobernantes, no importaría si son leoneses, granadinos, costeños, etc. Todos somos nicaragüenses.

Las grandes desigualdades de raza y clase también fortalecieron el autoritarismo. En 1823 se levantó un hombre que no provenía ni de la raza ni de la clase dominante, el caudillo Cleto Ordóñez, quien se tomó por la fuerza el comando de Granada y apresó al jefe del mismo, el moderado Crisanto Sacasa.

El resentimiento de raza y clase se manifestó en el saqueo de las casas de las familias de las clases altas por las fuerzas de Ordóñez -con el consentimiento de éste por supuesto-, y en las medidas que Ordóñez tomó contra algunas familias granadinas a quienes “les ordenó destruir los escudos y otros distintivos nobiliarios”, según dice Jorge Eduardo Arellano.

Las guerras han sido efecto de las divisiones, pero a su vez causa de las mismas. Las guerras son producto de las desigualdades, pero de ellas han salido caudillos que no están interesados en crear instituciones porque les mina el poder. Las elecciones periódicas, libres y honestas es una de esas instituciones que estos caudillos no han querido crear, abriendo el camino para más guerras, que producen más atraso económico y político y más caudillos. Es un círculo vicioso.

En muestras guerras, además, los bandos han actuado con brutalidad. Lo hicieron en las guerras civiles que sucedieron después de la independencia, en la de los marinos estadounidenses y la Guardia Nacional contra las fuerzas de Sandino y las fuerzas de éste contra aquéllas, en la violencia de la dictadura somocista y durante las luchas contra Somoza, durante la guerra de la Resistencia en los ochenta, y en el aplastamiento del levantamiento de 2018. El hecho de que la sangre se haya derramado sin misericordia no ayuda a resolver las profundas divisiones que hay en el país. Siempre quedan los que han sufrido en carne propia los vejámenes de los otros.

Hoy en día nadie confía en nadie porque la mayoría de los actores políticos han cometido abusos contra los otros. No todos por supuesto, las nuevas generaciones están exentas de culpa. Pero en los grupos políticos activos actualmente, la mayoría fue somocista o sandinista, sandinista o de la Resistencia, hizo pacto con el gobierno o participó en la corrupción. De alguna manera, hemos contribuido a crear el sistema actual.

La pregunta es cómo se sale de ese impasse. Y la verdad es que no hay una respuesta fácil y sencilla.

Quizá se podría comenzar identificando a los que quieren crear un sistema democrático y estableciendo la unidad en la acción con los que estén dispuestos a hacerlo. El consenso en una primera etapa debería ser sobre la construcción de instituciones democráticas, no sobre políticas públicas específicas. No es que éstas no sean importantes, sino que la creación de un sistema democrático debería ser la prioridad. Se puede intentar hacer una agenda mínima que incorpore no solamente la creación de instituciones, sino que también iniciativas económicas y sociales, pero para mantener la unidad éstas deberían ser consensuadas o tener apoyo amplio.

Hay que enfocar el discurso político hacia la meta principal y concentrar los ataques políticos en los que quieren mantener el autoritarismo. Cuando haya desacuerdos entre los demócratas, que siempre los va a haber, hay que debatir racionalmente, sin ataques personales. Hay que evitar las falacias lógicas y argumentativas.

Hay que recordar que los demócratas no son enemigos a los que hay que erradicar o controlar. Son oponentes legítimos que tienen otros puntos de vista sobre cómo resolver problemas específicos. La democracia es un mecanismo para seguir luchando sin guerras.

La democracia, como quiera que se la defina, no es el fin de la lucha. Siempre va a haber una serie de problemas que necesiten resolverse, y varias opiniones de cómo hacerlo. Las diferencias ideológicas, el problema de la corrupción y la justicia, etc. se deben ventilar y resolver con instituciones democráticas. Que los votantes decidan en elecciones libres y honestas quién debe gobernar. Que se haga justicia bajo un sistema judicial profesional, imparcial e independiente,

Pero si primero queremos resolver el problema de la corrupción o el de la justicia o el de la política económica antes que el de la falta democracia, estaremos poniendo la carreta enfrente de los bueyes. Así no habrá democracia nunca, sino que más de lo mismo.

El filósofo hispano George Santayana dijo que los “que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”. Aquí estamos otra vez repitiéndolo. De alguna manera hay que salir del círculo vicioso.

•El autor es sociólogo

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